SANTA CRUZ EN RETROCESO: ENTRE CUPOS, NEGOCIOS Y SILENCIOS, PUERTO DESEADO DENUNCIA EL VACIAMIENTO DE LA PESCA

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Alejandro Blatt, secretario general del SUEPP en Puerto Deseado, denuncia el vaciamiento de la actividad pesquera en Santa Cruz, cuestiona la distribución de cupos y advierte que mientras los puertos locales pierden trabajo, el negocio se concentra fuera de la provincia.

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Hay un momento en el que las cosas dejan de ser errores para transformarse en decisiones. Y eso es lo que, con bronca acumulada y años dentro de la actividad, expresa Alejandro Blatt, secretario general del Sindicato Unido de Estibadores Portuarios Patagónicos (SUEPP) en Puerto Deseado, un trabajador joven de la estiba con 19 años de trayectoria que hoy representa a sus compañeros en uno de los momentos más críticos del sector.

Blatt no habla desde afuera. Habla desde el muelle, desde la experiencia concreta de ver cómo se fue desarmando el entramado productivo del puerto. Desde aquellos años donde la descarga generaba trabajo real, hasta este presente donde la actividad depende de decisiones que se toman lejos de Santa Cruz y sin conocer la realidad local.

Lo que antes eran 60 mil toneladas descargadas en Puerto Deseado hoy se transformó en cifras marginales que no alcanzan ni para sostener la estructura del puerto ni la economía que depende de él. Y mientras Santa Cruz retrocede, otros puertos crecen de manera exponencial, concentrando volumen, logística y rentabilidad.

Pero lo que más indigna no es solo la caída. Es la forma.

Porque mientras se anuncian cupos, compensaciones y acuerdos, la realidad es que las toneladas nunca llegan. Las 4.500 toneladas de langostino que se presentaron como una compensación por la veda terminaron siendo, en los hechos, un número vacío. Se utilizó una parte, y de esa parte, ni siquiera todo se descargó en la provincia. Lo mismo ocurrió con la merluza: cifras que en los papeles parecen importantes, pero que en la práctica no dejaron impacto en los puertos santacruceños.

Ahí es donde aparece el núcleo del reclamo, la desconexión total entre quienes toman decisiones y quienes sostienen la actividad. Nunca fueron a los puertos. Nunca preguntaron qué se perdió. Nunca midieron el impacto de las empresas que se fueron, de los barcos que dejaron de operar, de los trabajadores que quedaron afuera. Sin embargo, sí decidieron cómo repartir el recurso.

Para Alejandro Blatt, esto ya no es desorganización ni improvisación. Es otra cosa.

Es un sistema donde Santa Cruz queda relegada mientras el negocio se concentra en otros puertos. Donde se asignan 20 mil toneladas que en la práctica no compensan nada, porque están limitadas a una parte de la flota, mientras se pierde el verdadero volumen que sostenía al puerto: la descarga de los congeladores. Es, como él mismo grafica, darle un caramelo a quien perdió el plato entero.

Y en ese esquema, las responsabilidades no son difusas. Apuntan a todos los niveles, Nación, el Consejo Federal Pesquero, las gestiones provinciales que pasaron y la actual. Cambian los nombres, pero el resultado es el mismo. Incluso advierte que las decisiones que hoy perjudican a Santa Cruz no son nuevas, sino la continuidad de un modelo que se viene consolidando desde hace años, donde algunos actores concentran poder y manejo del recurso lejos de los puertos que deberían beneficiarse.

El malestar también alcanza al plano gremial y a los espacios que, en teoría, debían ordenar la actividad. Acuerdos que no se cumplieron, dirigentes que se corrieron, promesas de regulación que quedaron en la nada. Lo que debía ser una herramienta de equilibrio terminó profundizando el desorden.

Mientras tanto, en el territorio, las consecuencias ya son visibles. Comercios que bajan la persiana, menos movimiento, menos trabajo. La pesca deja de ser motor económico para convertirse en una actividad cada vez más limitada, más concentrada y más ajena a la realidad local.

Y en medio de ese escenario, lo que más pesa es la sensación de que todo esto ocurre con un nivel de naturalización alarmante. Como si fuera normal que las toneladas asignadas no lleguen, que los barcos descarguen en otros puertos, que la logística sea un desorden permanente, que las decisiones se tomen sin pisar el territorio.

Por eso, cuando Alejandro Blatt habla, no lo hace solo para describir. Habla para advertir.

Porque lo que está en juego no es solo un puerto. Es un modelo de pesca que, lejos de fortalecer a las provincias productoras, las deja afuera del negocio mientras otros se lo reparten. Y en ese contexto, Puerto Deseado aparece como el símbolo más claro de ese retroceso.

La discusión ya no es técnica. Es política. Y también social.

Porque cuando se vacía un puerto, no se pierden solo toneladas. Se pierde trabajo, se pierde movimiento, se pierde comunidad. Y lo que queda es una estructura cada vez más frágil, sostenida por decisiones que nunca terminan de explicarse.

Alejandro Blatt lo resume con una claridad que incomoda:

“Nos están sacando la actividad en la cara. Y si esto sigue así, va a haber una reacción.”

No es una frase más. Es el reflejo de un clima que crece.

Y una advertencia que, esta vez, parece no venir sola.

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