ROMPER UNA HUELGA ES DE MALA LECHE: EL COSTO NO LO DEBE PAGAR LA MARINERÍA

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La marinería no nació para arrodillarse. Cada ola que soportamos es testigo de nuestra dignidad. Firmar ahora es hundir al compañero que todavía sigue a flote, remando por todos. Mañana vas a tener que mirar a los ojos a quienes resistieron por vos. No hay peor carga que traicionar la memoria colectiva. La lucha se sostiene con el alma, no con un recibo de sueldo.

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Por Ricardo Manuel Cardozo

La reciente nota que difundió el reclamo de un grupo reducido de marineros de la empresa Solimeno, quienes presionan al Sindicato de Obreros Marítimos Unidos (SOMU) para firmar un acuerdo con condiciones a la baja, no solo expone una situación de desesperación económica. Lo más grave es que abre una puerta peligrosa: romper una huelga histórica que lleva más de tres meses y representa a más de 113 buques de la flota congeladora tangonera concentrada en Chubut, Santa Cruz y la provincia de Buenos Aires.

Esta actitud fragmentaria no es nueva en la historia del movimiento obrero argentino. La desesperación, el hambre, el aislamiento y la represión han sido utilizados muchas veces para quebrar huelgas legítimas. Basta recordar lo sucedido en Papini, donde los trabajadores fueron doblegados por la falta de alimentos, o aún más trágicamente, la masacre de la Patagonia Rebelde, donde el Estado eliminó físicamente a quienes exigían condiciones justas de trabajo. Aquellos tiempos no eran democráticos, y la justicia era apenas una herramienta del poder. (“La bandera argentina está baja, y la de la piratería subida” fue el eslogan de huelga en Papini, 1970).

Hoy, en cambio, nos encontramos en un marco de institucionalidad garantizado por la Constitución Nacional, la Ley de Contrato de Trabajo Nº 20.744, la Ley de Asociaciones Sindicales Nº 23.551 y los convenios internacionales de la OIT, que protegen el derecho colectivo a la huelga y a la negociación libre y sin coerción. Romper esta huelga desde adentro, con pactos individuales bajo presión económica, no solo vulnera derechos laborales: traiciona el esfuerzo colectivo de cientos de marineros que llevan meses resistiendo sin ingresos.

Aceptar el acuerdo que propone Solimeno, sin la debida homologación colectiva, equivale a desarmar la herramienta de lucha por excelencia: la unidad. ¿Qué harán los marineros que hoy firman por desesperación? ¿Repartirán las ganancias con quienes más sufrieron? Nadie lo cree. Muy por el contrario, esta maniobra solo salvaría a unos pocos “efectivos”, mientras deja afuera a los eventuales y relevos, que fueron el corazón de la protesta y que hoy siguen esperando justicia y representación.

La conducción del SOMU podrá ser cuestionada, y muchos lo hacen con razón, pero eso se resuelve en diciembre, en las urnas. Hoy existe una conducción legítima, en plena mediación con las cámaras empresarias. Esa instancia debe concluir. Y si el costo es que se pierda la temporada, será responsabilidad de quienes prefieren la intransigencia empresarial por sobre un acuerdo justo.

No es la marinería la que tiene que ceder. El costo ya lo pagamos nosotros: con hambre, con angustia, con silencio. Ahora es el turno de las empresas, que ven con desesperación cómo se aproxima otra temporada en Rawson. En 2024, ese puerto tuvo un récord de más de 106.000 toneladas de langostino.

En cambio, este año, las mismas empresas lloran por las descargas, los altos costos y las demandas laborales… de algo que ni siquiera comenzó como temporada. Por eso están desesperados por cerrar acuerdos a como dé lugar, con tal de tener resuelta, desde ahora, la baja en la primera etapa de la actividad Langostinera Congeladora.

Y así, cuando llegue la segunda etapa, todo será más fácil para ellos, reducir salarios, manipular el precio de las descargas e incluso recortar sueldos a los operarios de las plantas pesqueras. ¿Dónde quedó su “crisis”? ¿Dónde está su “solidaridad”? ¿Cuándo pensaron en repartir la renta? Si pensamos bien el sarten por el mango lo tiene el marinero, cada día decanta la estrategia de someter al marinero y cada día el sector político ya no asoma la cara, si se anda escondiendo.

Lo próximo que debe ponerse sobre la mesa, por parte de quienes tienen responsabilidad en cada puerto del litoral marítimo pesquero, es exigir que el Consejo Federal Pesquero (CFP), órgano máximo del régimen federal establecido por la Ley 24.922, cumpla con su función.

El CFP tiene la facultad de suspender, revocar o modificar permisos de pesca cuando se incumplen los fines sociales y económicos de la actividad. Sin embargo, sigue permitiendo que buques congelen toda su captura a bordo sin generar trabajo en tierra, mientras las plantas patagónicas cierran, los estibadores quedan sin tareas y miles de familias siguen esperando lo que nunca llega: un modelo distributivo, no meramente extractivo.

Entonces surge la pregunta central: ¿por qué el CFP no actúa?

Porque responde a los intereses de las mismas provincias y cámaras empresariales que controlan la flota congeladora. Esto significa que no se genera empleo en tierra, no se incentiva la industrialización ni se agrega valor localmente. Contradice el espíritu de la Ley 24.922 y su reglamentación. Lamentablemente, siempre existen vacíos legales que habrá que corregir, para que no tengamos una flota fresquera en funciones y otra congeladora paralizada.

El modelo pesquero actual está diseñado para maximizar rentabilidad, a costa de los derechos laborales, los recursos públicos y la soberanía económica. Todo esto ocurre sin control, con la plena conciencia de que se está actuando fuera del marco de la ley.

Por eso algunos gobernadores, en vez de dar la cara, se esconden debajo de la cama defendiendo sus intereses, como Ignacio Torres. Impresentables, señores.

Este conflicto no es solo económico. Es político, moral y sindical.

Romper una huelga, en este contexto, es lisa y llanamente de mala leche.

No se trata de firmar por firmar. Se trata de sostener la dignidad colectiva de un sector que durante años soportó condiciones de explotación, precarización y ninguneo.

Y lo más doloroso de todo esto es que los marineros vamos a quedar como los carneros que firmaron a la baja, dejando la puerta abierta para que otras actividades, como el petróleo, la minería, la ganadería y demás recursos estratégicos del país, sigan el mismo camino.
Total, las empresas ya tendrán un precedente. Una jurisprudencia con la que ampararse.

Vamos a ser los leprosos del mundo del trabajo en la historia argentina, señores. Créanlo.

Habrá quienes digan: “yo me estoy cagando de hambre”.
Pero, compañero: el hambre es hoy; la condena social y la vergüenza histórica van a durar toda la vida.

Por eso, desde aquí, decimos con firmeza:

La huelga no se rompe. Se sostiene. Y se gana en unidad.

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